viernes, 16 de marzo de 2018

Una Montaña de… emociones


               

                 No en vano tomamos como fecha simbólica de inicio del “Montañismo” como práctica lúdica mediados del siglo XVIII , época en la que la sociedad industrializada había llegado al tope de definir aquello que durante muchos años comenzamos a conocer como “Capitalismo”. Las urbes se habían convertido en espacios “hostiles”, donde el hombre había perdido su verdadera identidad y más aún la estrecha relación que había mantenido desde sus orígenes con la naturaleza. Siguiendo su “instinto” ese llamado que todos llevamos por dentro, la llamada de la naturaleza comenzó a retumbar en las mentes de muchas de esas personas que sometidas a extensas jornadas de trabajo, comenzaron a exigirse un merecido y reparador descanso a través de las pendientes nevadas y los caudalosos ríos de las montañas… principalmente “europeas”, donde este fenómeno social tuvo su mayor apogeo.

                Definitivamente el “Montañismo” siempre se ha ido adaptando a las generaciones que, desde las épocas juveniles de sus practicantes, han venido definiendo una “raza” de personas que, impulsadas por la necesidad de fuertes emociones, se han dedicado a la exploración y búsqueda de nuevas alternativas que, con el tiempo han llevado a un límite donde los involucrados se han visto en la obligación de adentrarse mucho más allá de su rendimiento físico, indagando también en el fenómeno emocional, descubriendo así que el Montañismo no es solo “Deporte”, sino una verdadera escuela de vida, donde el descubrimiento de los propios límites ha profundizado, no solo la interrelación entre las personas, sino ha hecho que el que practica cualquiera de sus modalidades se compenetre con su entorno natural, y no solo lo proteja, sino lo comprenda y conceptualice como parte de su existencia misma.
                Cualquiera de las culturas humanas, incluye como parte de sus creencias “místicas” y/o religiosas a las Montañas, y por lo general, a medida que las personas que se acercan a ellas, lo hacen de una manera más exigente en cuanto a sus metas, ella misma… “La Montaña”, se convierte en un objeto casi divino que va permitiendo descubrir límites casi inimaginables en el aspecto humano. El cansancio, el silencio, las largas horas de caminata entre la inmensidad de los paisajes y el contacto con culturas particulares de los sitios visitados, le dan al Montañismo y al que lo practica un viso “sacramental”, en el que después de un considerable esfuerzo, está la posibilidad de regresar a ese ambiente “hostil” que es la ciudad, con el corazón lleno de esperanza de un nuevo encuentro con su esencia… la Naturaleza y su grandeza.
                Definitivamente, ir a la montaña tiene unas implicaciones físicas exigentes, que a medida que vamos aumentando el nivel de dificultad de nuestros objetivos, irán también aumentando los niveles de entrenamiento físicos necesarios para lograr las metas planteadas. Sin embargo, la fuerza de la naturaleza, reflejada en las Montañas, va mucho más allá de condiciones físicas. La persona que aborda objetivos de exigencia extrema, donde las condiciones del ambiente (Frío, altura, viento, etc.) van más allá de lo acostumbrado, deben someterse a un entrenamiento emocional que les permita afrontar lo “indecible” en cuanto a tolerancia, no solo al dolor individual, sino inclusive a la perdida de sentido de pertenencia. Hay muchos autores que han escrito al respecto, desde los más místicos, hasta prominentes deportistas que han tratado de desvelar los misterios que hay entorno a la Montaña y sus encantos. Como describe Maurice Herzog, director de la expedición francesa al “Annapurna”, que por primer vez lograra en el año de 1950 una cumbre de más de 8.000m… “La Montaña de Dios. Es el estadio más arcaico. La masa de la montaña es el cuerpo mismo de la divinidad, cuya cabeza, por asimilación antropomórfica, se localiza, naturalmente, en la cima. La tempestad es su voz. Los fenómenos físicos, como las tormentas o los aludes, constituyen manifestaciones hostiles y temibles, y otros – minerales, circulación de las aguas fecundantes – aparecen como dones generosos de un ser sobrehumano y bienhechor.”
Naturalmente para desarrollar este tema haría falta un análisis exhaustivo de la mente humana y las implicaciones en el logro de sus objetivos, por aquello de que “cada cabeza es un mundo” y definitivamente hay cientos y miles de motivos para analizar la motivación que lleva a las personas a practicar el Montañismo. Sin embargo, desde mi punto de vista, entre tantas actividades practicadas por el ser humano en la búsqueda de su “felicidad”, el MONTAÑISMO se convierte en una fuente inagotable de enseñanzas que le permitirán ser un complemento en ese largo camino que todos llamamos vida. Eso sí, de algo podemos estar seguros, para ser buenos Montañistas debemos trabajar el entrenamiento en las dos áreas fundamentales del desarrollo humano… Física y Mental, y en esta última, las emociones ocupan un lugar preponderante, en el cual el desarrollo de los sentimientos y luego la ética, serán el mejor aporte para nuestro desarrollo y el de una sociedad más equilibrada.

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